La hipocresía mata

Por Jorge Bruce

Foto: La Jornada

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El debate en torno a la despenalización del aborto por violación y malformaciones del feto ha estado signado por la hipocresía. El quid de la cuestión es la despenalización del aborto en cualquier circunstancia, tal como ocurre desde hace décadas en la gran mayoría de naciones del primer mundo. Sin embargo, de ser cierto lo que argumentan quienes lo resisten por tratarse de un asesinato, entonces Francia, Alemania, Inglaterra, España, Italia, EEUU, Japón, etcétera, estarían cometiendo el mayor genocidio de la historia de la humanidad, dejando a los nazis o a los jemeres rojos como unos aficionados sin técnica.

Por otro lado, las 376,000 mujeres que abortan cada año en el Perú, según los cálculos de la seria investigación de Delicia Ferrando, serían unas filicidas. En ese caso, la pena de tres meses estipulada por el código penal sería irrisoria. Pero a nadie en su sano juicio se le ocurre sostener que los países más desarrollados del orbe estén cometiendo crímenes en masa contra su población más desprotegida, ni que esas mujeres deban ir 20 años a prisión. No obstante, ese es el principal argumento de quienes, por lo general amparados en la visión oficial de la Iglesia católica, se oponen a la despenalización del aborto: que es un crimen contra una persona indefensa.

Este es un punto polémico: cuándo una vida se hace humana. Sabemos a partir de qué momento un feto puede sobrevivir fuera del cuerpo de la madre. Lo demás son especulaciones teológicas o biológicas. En cambio lo seguro es que si permitimos que un estado laico como el nuestro se subordine a dogmas religiosos condenamos a miles de mujeres pobres a abortar en condiciones infames, con dramáticas secuelas de salud o incluso la muerte.

No conozco a nadie entusiasmado por el aborto. Es una solución extrema y la decisión solo compete a la persona afectada; además, la despenalización no implica obligación. Pero tampoco está demostrado que el aborto sea siempre traumático. La American Psychological Association (citada por Annie Thériault en Ideele) aclara que lo es cuando la mujer ya venía traumatizada o lo hace forzada, o cuando quiso hacerlo y no pudo. En cambio, cuando se trata de una decisión libremente asumida, no se asocia con estrés postraumático. Esto lo he escuchado en todas sus variantes en el consultorio.

El trabajo de Ferrando arroja que la píldora del día siguiente –a la que la Iglesia también se opone– ha reducido el número de abortos e hijos no deseados. Es obvio que nos urge el acceso irrestricto a métodos de anticoncepción y planificación familiar. Pero es ingenuo pensar que los vamos a tener si no combatimos una mentalidad colonizadora que confina a las mujeres sin recursos a un rol reproductivo, confiscando el derecho a su cuerpo y su deseo. La tendencia histórica mundial ha sido una progresión que va de la ausencia de anticoncepción al aborto clandestino, luego a la anticoncepción y finalmente al aborto despenalizado y medicalizado. La consecuencia es que el número de abortos disminuye, así como la mortandad materno-infantil. Dejémonos de medias tintas y debatamos con claridad. Es una cuestión de salud pública y libertad individual, no de fe. (La República 18-10-2009).

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Octubre 19, 2009
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